La ventana del dormitorio daba al este y esa mañana el amanecer pintó el cielo de anaranjado brillante. Un tímido rayo atravesó el vidrio para anunciar que era hora de levantarse, pero Sebastián quería seguir engañándose a sí mismo, convencerse de que seguía durmiendo, con los ojos cerrados e intentando no hacer el más mínimo movimiento, casi ni respirar. Aunque el hábito de tantos años podía más que su deseo de no despertar y tarde o temprano tuvo que sucumbir a la orden del organismo de ponerse en marcha.
El entierro había sido un desastre. Su hijo Carlos se negó a dirigirle la palabra y Laura, su hija, se le acercó con cautela, sin siquiera darle un abrazo, para articular sólo frases reprobatorias: “Mamá estuvo preguntando por ti hasta el último momento. Le habías prometido que la visitarías todas las semanas”. Sus dos nietos lo miraban con recelo y ningún allegado se acercó a darle el pésame. Aunque Sebastián no se extrañaba de esta actitud, ya que había llegado a acostumbrarse, en los últimos años, a que todo el mundo le censurase el haberse ido a vivir a la colina. Algunos pensaban que tenía una querida, otros que era un viejo chiflado. Nadie le había preguntado por los motivos de su retiro y, aunque no le importara demasiado –tal vez nada– lo que la gente dijese o pensase, le hubiese gustado explicar en algún momento sus razones.
–Vivimos en un mundo sin esperanza –habría dicho en caso de que se le hubiese preguntado–. En los periódicos sólo leemos noticias políticas, tragedias y desastres. Los gobernantes, los famosos y los mercados son protagonistas; nosotros simples observadores a su merced. La mediocridad, la delincuencia y la criminalidad campan a sus anchas en todas las esquinas, mientras nuestras vidas transcurren inmersas en un sinsentido existencial. Somos materialistas, egocéntricos y la gran mayoría transita por la doble moral como si tal cosa, adorando a Dios y al dinero por igual –seguiría con su discurso, intentando transmitir emoción–. Se reivindican derechos individuales para poder vulnerar los derechos de los demás constantemente. Lo que necesitamos son héroes, no políticos mentirosos y banqueros avariciosos –afirmaría sin dudar; aunque su discurso, seguramente, sería más amplio.
¿Cómo explicar que su mujer estaba mejor sin él? Al fin y al cabo, no era más que un lastre, según propias palabras de la difunta, ya que sólo le daba trabajo. Sin embargo, ella tenía todas sus necesidades cubiertas holgadamente y dos hijos que la adoraban, así que Sebastián pensó que su retiro voluntario, en pos de un bien que estaba por encima de todo eso, era lo mejor, ya que ella, desde que se levantaba hasta que se acostaba, no hacía más que refunfuñar y quejarse, reprochando a Sebastián mil y una cosas. La pobre mujer sufría, aquejada continuamente de dolores y enfermedades y protestaba por tener que trabajar para su marido.Y cuando él intentaba ayudar era peor, porque entonces todo era un caos y lo llegaba a convencer de que era un inútil. Sebastián estaba seguro de que era mejor así. Intentó vivir y trabajar entre semana en la colina y los fines de semana pasarlos con su esposa, pero no funcionaba, porque se multiplicaban los contratiempos y las recriminaciones. Así que una semana decidió no ir y la siguiente también... y la otra. Hasta que, casi sin darse cuenta, habían pasado varios meses.
A pesar de la desgana que le producía el dolor emocional, debía ponerse manos a la obra. Tenía que hacer las pruebas a la nueva armadura de pan de molde a ver si, esta vez, resultaba tal y como lo había calculado en la teoría. No le molestaría mucho otro fracaso, ya que así podría volver a intentarlo desde el principio y distraer su mente para no darle vueltas a lo que ya no podía cambiar por mucho que quisiera.
El entierro había sido un desastre. Su hijo Carlos se negó a dirigirle la palabra y Laura, su hija, se le acercó con cautela, sin siquiera darle un abrazo, para articular sólo frases reprobatorias: “Mamá estuvo preguntando por ti hasta el último momento. Le habías prometido que la visitarías todas las semanas”. Sus dos nietos lo miraban con recelo y ningún allegado se acercó a darle el pésame. Aunque Sebastián no se extrañaba de esta actitud, ya que había llegado a acostumbrarse, en los últimos años, a que todo el mundo le censurase el haberse ido a vivir a la colina. Algunos pensaban que tenía una querida, otros que era un viejo chiflado. Nadie le había preguntado por los motivos de su retiro y, aunque no le importara demasiado –tal vez nada– lo que la gente dijese o pensase, le hubiese gustado explicar en algún momento sus razones.
–Vivimos en un mundo sin esperanza –habría dicho en caso de que se le hubiese preguntado–. En los periódicos sólo leemos noticias políticas, tragedias y desastres. Los gobernantes, los famosos y los mercados son protagonistas; nosotros simples observadores a su merced. La mediocridad, la delincuencia y la criminalidad campan a sus anchas en todas las esquinas, mientras nuestras vidas transcurren inmersas en un sinsentido existencial. Somos materialistas, egocéntricos y la gran mayoría transita por la doble moral como si tal cosa, adorando a Dios y al dinero por igual –seguiría con su discurso, intentando transmitir emoción–. Se reivindican derechos individuales para poder vulnerar los derechos de los demás constantemente. Lo que necesitamos son héroes, no políticos mentirosos y banqueros avariciosos –afirmaría sin dudar; aunque su discurso, seguramente, sería más amplio.
¿Cómo explicar que su mujer estaba mejor sin él? Al fin y al cabo, no era más que un lastre, según propias palabras de la difunta, ya que sólo le daba trabajo. Sin embargo, ella tenía todas sus necesidades cubiertas holgadamente y dos hijos que la adoraban, así que Sebastián pensó que su retiro voluntario, en pos de un bien que estaba por encima de todo eso, era lo mejor, ya que ella, desde que se levantaba hasta que se acostaba, no hacía más que refunfuñar y quejarse, reprochando a Sebastián mil y una cosas. La pobre mujer sufría, aquejada continuamente de dolores y enfermedades y protestaba por tener que trabajar para su marido.Y cuando él intentaba ayudar era peor, porque entonces todo era un caos y lo llegaba a convencer de que era un inútil. Sebastián estaba seguro de que era mejor así. Intentó vivir y trabajar entre semana en la colina y los fines de semana pasarlos con su esposa, pero no funcionaba, porque se multiplicaban los contratiempos y las recriminaciones. Así que una semana decidió no ir y la siguiente también... y la otra. Hasta que, casi sin darse cuenta, habían pasado varios meses.
A pesar de la desgana que le producía el dolor emocional, debía ponerse manos a la obra. Tenía que hacer las pruebas a la nueva armadura de pan de molde a ver si, esta vez, resultaba tal y como lo había calculado en la teoría. No le molestaría mucho otro fracaso, ya que así podría volver a intentarlo desde el principio y distraer su mente para no darle vueltas a lo que ya no podía cambiar por mucho que quisiera.
Continuará.
